Vacaciones en Mancora cap I

Vacaciones en Mancora
Capitulo I
Rutina

Estaba echado en la cama de dos plazas de mi habitación, es lo bastante grande como para poder estirarme, sin embargo, el colchón empieza a ceder sobre el lado izquierdo que es donde suelo recostarme. Me molesta la suavidad, prefiero la firmeza de un colchón duro. En los últimos meses he sentido malestar en el cuello, debería cambiarlo. Vamos, a quien bromeo, detesto los colchones suaves y desde que lo trajeron, porque yo no lo traje ni tuve decisión en su compra ni en nada, simplemente lo cambiaron por el antiguo que era durísimo, no hago más que dormir mal. Mi madre decía que el colchón antiguo me traería problemas en la columna, si supiera que los chinos y japoneses duermen en el piso, y están muy felices. Pero quién iba a saber que me hacían mal los colchones suaves, yo no la sabía, nadie lo sabía, porque había estado durmiendo en los últimos diez años en aquel colchón de cemento. No se trataba de culpar a nadie, total yo no aportaba un solo centavo a la casa, y mis padres se encargaban de todo, no tenía porqué ni de qué quejarme. Es que el nuevo colchón, es culpable de mis malos despertares. Sí, me toma mucho tiempo entrar en contacto con la realidad y eso es culpa del colchón de eme.

Las ventanas de la habitación estaban abiertas. Desde el segundo piso se divisaba el parque, una vista preciosa, siempre verde y lleno de árboles y flores como las casas que lo rodean. Estaba comenzando a oscurecer. El calor cedía afuera, porque dentro la habitación seguía caliente, ésta era un horno. Una ligera brisa entraba por la ventana del baño cruzando el cuarto y saliendo por las ventanas opuestas. No era suficiente, era fines de diciembre y el calor comenzaba a arreciar. Prendí el ventilador y lo dejé en la primera opción. Me acordé que debía llamar a Felipe para pactar la hora de partida. Me senté y abrí el cajón del escritorio. En mi agenda negra se encontraba el boleto de bus y el itinerario, sólo es de ida, para el regreso tengo un boleto de avión Tumbes-Lima. Cogí el teléfono y marqué el número de Felipe.
—Alo, Felipe, soy Piero —dije.
—Hola Piero, ¿cómo estás? —dijo Felipe.
—Un calor de mierda...  ya tienes el boleto del bus para mañana.
—Sí, lo pagué ayer, ya tengo todo listo, ¿a qué hora nos encontramos?
—Deberíamos juntarnos treinta minutos antes, en el paradero del bus a eso de la una y media de la tarde.
—De acuerdo, lleva trago, seguro que no vamos a encontrar Ron Mayer ni Asti, ni nada por el estilo, vamos a provincias y no creo que tengan las cosas que tenemos en Lima.
—Yo me las arreglo con cerveza y eso hay en cualquier parte, lo que sí sería bueno es llevar champagne. Por favor avísales a Mario y José de vernos a esa hora.
—Ok, por si acaso viene mi primo Sebastián, está en la Ricardo Palma, no lo conoces, pero te va a caer bien, es un poco callado nomás, le dicen el Mudo.
—Eso explica todo. No hay problema, nos vemos mañana    —colgué.
Encendí la radio y como de costumbre sólo se escuchaba publicidad. Busqué un disco compacto de los Gipsy Kings, último regalo de mi ex enamorada y lo coloqué en la rampa del equipo de sonido. Mientras escuchaba al gitano cantaor pensaba que había sido un desperdicio el haber estado cuatro años con Gracia, sí, cuatro años, con algunas interrupciones por supuesto, prácticamente desde los dieciocho años, ha sido toda una vida. Cuatros años de visitas a su casa o mejor dicho a la casa de sus padres, muchísimas llamadas por teléfono, tantas veces responder “sí, te quiero” a la pregunta fatídica: ¿Me quieres Piero?, cientos de regalos de cumpleaños, Navidades con mis padres y sus padres, años nuevos y fiestas patrias juntos. Siempre juntos, salvo las interrupciones en las que como todo el mundo sabe suceden cosas, pero todo es legal mientras haya un acuerdo de ambas partes. Mi relación estuvo llena de atenciones hacia ella, preocupaciones por ella, llantos de ella, no míos, peleas de ella y algunas mías, y hay que ser honestos, innumerables reconciliaciones porque las reconciliaciones son muy buenas.
Durante mucho tiempo no supe lo que me unía a ella. Era simpática pero no la más bonita del grupo, era agradable y le caía muy bien a todo el mundo. Me mimaba y a veces me cocinaba delicias y postres como aquel pay de manzana y alfajores recién saliditos del horno. Todo parecía ser normal salvo por sus caprichos, demandas de demostración de amor, afecto e inseguridades. Si no era una cosa, era la otra y a veces todas juntas. Aún así no decidía terminar una relación absorbente, melodramática y fallida. Felipe decía que yo tenía el síndrome de no-poder-estar-solo y era cierto, el miedo a la soledad me seguía atando a ella. Ya había pasado un mes desde que no la veía, fue difícil pero finalmente me resigné a estar solo.
La gota que derramó el vaso fue su inquebrantable principio de permanecer virgen hasta el matrimonio. Utopía muy enraizada en la mente de algunas chicas todavía en pleno siglo veinte, y que ni se diga, casi al término del milenio. Por favor, me decía, qué está pasando, por qué las cosas no pueden ser normales en mi vida, en Lima, en Perú y en la Tierra. Mario Vargas Llosa irónicamente había publicado en el setenta y siete lo que recordaba de su adolescencia en La tía Julia y el escribidor: “...Las chicas de Miraflores solían llegar vírgenes al matrimonio y sólo se dejaban tocar los senos y el sexo cuando el enamorado ascendía al estatuto formal de novio...”, estas costumbres como decía Mario de la edad de piedra, no habían desaparecido aún en algunos estratos de la sociedad, en pleno mil novecientos noventa y cuatro. Nunca me opuse a sus principios, es más, viniendo yo mismo de una familia tradicional era algo con lo que tenía que lidiar. Intenté muchas veces contrarrestar sus utopías con tentaciones, pero fueron en vano. El llanto, el remordimiento y el sentirse sucia ante los ojos de la santísima Virgen fueron más fuertes que sus pasiones.
Por ella dejé de ver a mis amigos, conocí nuevas amistades, suyas, me cambió la manera de vestir y hasta de actuar. Recuerdo una vez que sentía picazón en el trasero y me rasqué, a Gracia no le hizo mucha gracia, valga la redundancia y me obligó a dejar de hacerlo, más bien creo que me sentenció a no hacerlo. En otra ocasión estaba parado en la puerta de su casa esperando que saliera, la vi acercarse cuando me dieron ganas de rascarme el sexo, se quedó espantada de mi mala educación y no me quedó otra que prometer no hacerlo jamás, al menos delante de ella. Hasta el día de hoy pienso dos veces antes de rascarme alguna parte del cuerpo.

e…Ven, ven, ven, María, te quiero, ven, ven, ven x
e Ven, ven, ven Maria, te adoro, ven, ven, ven x

Oía la canción a través de los parlantes, y se me humedecían los ojos, sí, se me humedecían de no sé qué, una mezcla de nostalgia y amor. Si bien mi relación con Gracia había sido un fracaso tampoco la podía culpar de todo, debía reconocer que no todo había sido gris, también tuvimos nuestras etapas de gloria y qué gloria. Saltaba a mi memoria el color y el calor de su piel tersa, su sonrisa, sus besos cálidos y su corazón latiendo a mil. Sus pies, sus manos y muchas cosas más como el susurro de su voz, el tono de su voz, el timbre de su voz y  su aliento susurrando a mis oídos.

e…Ay niñau x
e…No te he encontrado x
e…Solita por la calle x
e…Yo me siento enamorado x
e…Yo me siento triste y solo... x
e ... cada día yo te quiero más...  x

Al seguir escuchando la canción la garganta se tornaba seca, el corazón latía fortísimo y el estomago hacía amagos. Hubiera sido una locura, pero en lo único que pensaba era en llamarla, aló Gracia, soy yo Piero, te quiero mucho, no sabes todo lo que he estado pensando, no puedo vivir sin ti, qué vas a hacer para año nuevo, te vas al sur con tus padres, yo también me voy contigo, mis planes, no importa los planes que tenía, los cancelo, lo hago por ti, porque te quiero Gracia.
No sabía si aquello era amor o masoquismo, sin embargo, seguía escuchando la música del cantaor, disfrutando y sufriendo, sintiendo un dolor intenso que salía de la boca del estómago, se escurría por el corazón y me inflaba los pulmones como si fueran a reventar.

e…Que no me importa x
e…Que la  distancia x
e…Ya nos separa x
e…Yo acordándome de ti x
e…Que no me digas... x

Sentado en la cama me imaginaba que ella estaba conmigo, sentía cómo emanaba de ella su calor, olor y aliento. Me la imaginé frente al mar, en mi casa, en su casa, en la calle, en el puente de los suspiros, en la universidad y en todas partes donde fuimos felices porque la verdad no puede ser tapada con un dedo, también fuimos felices. Sí, felices, aunque parezca una mentira decirlo, fuimos felices, es sólo que algunas almas por más felicidad aparente que haya, se repelen como un imán, algunas almas no nacieron el uno para la otra o la una para el otro, según como lo quieran ver. Quien pensaría a estas alturas que mi futuro cambiaría, sería bueno o malo, todavía no lo sabía.
La noche ya había caído, el alumbrado público se encendía sin servir de mucho, la luz solar restante era amarilla y poco intensa. Estiré mi brazo hacia el equipo de sonido y apagué el disco compacto por la radio. Dejé de pensar por un momento, respiré hondo, me paré y me dirigí a la cocina. Oprimí el interruptor del farol de la escalera y la bajé. Llegué a la cocina, abrí el refrigerador y tomé una cerveza.  La casa estaba oscura y el calor cedía cada vez más rápido. Salí a la terraza, jugué con Bronco y prendí un cigarrillo. Me senté en la perezosa y pensé que esa locura de llamarla cuando me sentía solo ya la había hecho anteriormente y sólo me había traído más problemas, alargar la agonía. Soy joven y tengo un futuro por delante, ya vendrán tiempos mejores me dije.


—Hola hijo, ¿cómo te va?, acabo de llegar, y tu madre  —dijo mi padre.
—Ha salido a hacer unas compras, no debe tardar —dije.
—Tus planes de irte al norte siguen en pie.
—Sí, ya está todo listo, salimos mañana.
—Despiértame en la mañana para despedirte... La cerveza te la perdono porque estás de vacaciones, pero ese cigarro te va a matar hijo.
—Qué más queda padre —dije sarcásticamente.
      Mi padre trabajaba mucho en sus negocios, no sabemos con exactitud lo que hace: vende, compra, alquila y hasta hace trueque si es necesario. Se dedica a los bienes raíces y a cualquier otro negocio que se le ocurra, desde hacer polos, zapatos, exportar artesanías, fabricar fertilizantes, pesca en boliche, no tiene límites. Tiene porte atlético, aunque descuidado en los últimos años, se viste de saco y corbata la mayor parte del tiempo, lleva bigote y el pelo cada vez más gris. Se casó con mi madre hace más de dos décadas y como lo hemos podido comprobar, en apuros. Mi madre siempre está haciendo algo en la casa o está de compras con sus amigas, va a la iglesia todos los martes a misa de seis de la tarde y los domingos al mediodía. Se mantiene en forma yendo al gimnasio, dejando un día. Muchas mujeres de su edad ya quisieran tener su físico, dice mi madre. Lleva el pelo corto a la altura de los hombros y tiene un cuadro de la Virgen del Pilar en su habitación.
      Esperaba con muchas ansias este viaje, desde el año anterior no había ido a ninguna parte lejos de Lima, además necesitaba darme nuevos aires y comenzar el noventa y cinco festejando, con mis amigos de la universidad, y estar en la playa.  Si bien no iba a reanudar la universidad hasta la última semana de marzo del siguiente año, en verano tendría que trabajar cumpliendo con las prácticas necesarias para finalizar mis créditos en la universidad. Trabajaría en un Banco cuya central se ubicaba en el centro de Lima, lugar que abominaba por el caos y la congestión.
Pasé la noche viendo televisión y arreglando la maleta de nylon con el logo a medio borrar del colegio “La Inmaculada”. No había duda que las vírgenes me perseguían. Desde pequeño escuché los sermones de los padres, “la Virgen María es lo más sagrado del mundo”, “murió siendo casta”, “tuvo un hijo gracias al Espíritu Santo”. Bueno, en esos tiempos cuando era pequeño no me planteaba la idea de negarlo o refutarlo, al igual que muchas otras cosas. Felizmente vino el Cable e internet al país justo cuando terminaba el colegio, y me pude enterar a través de estos medios que eso de concebir un hijo sin sexo era imposible, en todo caso existían probabilidades, pero no debido al Espíritu Santo. Mi fe nunca inquebrantable, al finalizar la secundaria me hacía planteamientos, y creer a ciegas no era mi fuerte, y no pretendía dedicar mi tiempo en misterios de la Santísima Trinidad, cosa que enfurecía al padre Juan Barceló siempre, con su acento ezpañol, aunque era catalán y de nombre Joan, pero qué sabía yo que Cataluña no era España, Cataluña era Cataluña y se acabó Piero, según el padre. Y que culpa tenía yo de no saber a esa edad que en la España del siglo veinte existían movimientos separatistas. Qué sabía yo del país Vasco. Lo único que mi humilde intelecto podía asociar era el Vasco da Gama de la misma manera que un vasco o catalán piensa que Lima es una fruta. Pero el padre se ensimismada conmigo, se empeñaba en enseñarme que no podía ser cristiano sin creer en la santísima trinidad.
Mi padre me dijo una vez “a las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa” cuando en un berrinche pateaba a mi hermanita menor Sofía. Era evidente que si a mí siendo hombre me habían criado con esas ideas pues con Gracia habría sido más intenso. Quizás algún día ella pudiera vencer a sus demonios y vivir una vida de pecados sin sentir remordimientos.


Era la media noche y no podía dormir, siempre que viajo me entra insomnio. Bajé al bar de mi padre, y saqué una botella de whisky William Grant de una de las gavetas, tenía forma triangular, y estaba a la mitad, no era mi favorita, pero siempre había una. Abrí la botella y me serví tres dedos. Caminé hacia la cocina y busqué la hielera, saqué dos cubos de hielo y los introduje en el vaso de vidrio con grabados geométricos. De la alacena pesqué una botella de coca cola y llené el resto del vaso. De regreso en mi cuarto busqué mi diario, un cuaderno de hojas blancas y vacías con encuadernación de cuero y unas pitas del mismo material que lo amarraban, fue un regalo de mi madre. Lo abrí y anoté:

“No puedo dormir, estoy ansioso por mi viaje, me estoy tomando un whisky y espero que eso me dé sueño. Estuve pensando en Gracia y me produjo ansiedad, felizmente no cometí el mismo error de siempre y no pasó nada, necesito aires nuevos y debo recuperar a mis amistades perdidas, lo más importante son los amigos, lo demás va y viene, las relaciones con las mujeres de la misma manera que comienzan llegan a un final tarde o temprano, uno debe tener una vida independiente, o dos vidas, o más vidas y no apostar todo en una sola canasta. No me gusta la soledad...”

Al día siguiente mi padre me despierta a las ocho de la mañana, apenas lograba escuchar su voz, y la luz que entraba por la cortina entreabierta me segaba, no pensé que el segundo whisky me tumbara en la cama de esa manera.
—Levántate ya holgazán para despedirte —dijo mi padre.
Me paré de la cama, lo abracé y le di un beso sin saber lo que pasaba. Me dirigí al baño, miccioné y me lavé la cara. Bajé a la cocina totalmente desorbitado a tomar un desayuno ligero, no quería llenarme el estómago de alimentos que después tendría que evacuar en el baño mugriento de algún grifo de la Panamericana Norte donde todavía se vendía gasolina con plomo y los números de los surtidores eran mecánicos como los de una caja registradora. Me senté en la mesa mirando por la mampara hacia el jardín posterior de la casa. Me quedé como de costumbre mirando el césped por varios minutos sin inmutarme de lo que sucedía a mi alrededor. Rosita nuestra cocinera caminaba de un lado a otro ordenando tubérculos y verduras que mi madre había traído del mercado. Ella sabía de mi invalidez temporal en las mañanas por lo que no me prestó atención. A medida que pasaban los minutos iba entrando en contacto con el mundo. La mañana Estaba demasiado soleada, el sol ya entraba por la mampara aunque no se sentía calor. Bronco, un pastor de diez años, se acerca al vidrio y huele a través de la rendija mientras mueve la cola efusivamente. Sabiendo que era yo quien estaba adentro suelta una serie de ladridos seguidos de dos vueltas alrededor de sí mismo como esperando que yo saliera. Continuando con mi rutina mañanera me encaminé hacia la mampara, la abrí y salí a la terraza en busca de mi primer cigarrillo no sin antes toparme con Bronco que a pesar de su edad saltaba bruscamente rasgándome el pecho y dirigiendo su cuerpo hacia la puerta del deposito de herramientas donde se encontraba su vieja pelota de tenis. Sintiéndome obligado a sus atenciones jugué con él unos minutos, le arrojé la pelota hasta el extremo del jardín, acción que lo enloquecía. Luego regresó con la pelota entre los dientes y se hizo de rogar, no me quería dar la pelota, la tenía mordida con fuerza, pero él no se va. Logré quitársela y repetí la operación dos veces más. A pesar de su entusiasmo no continué con el juego, regresé la pelota de tenis al depósito. El veterinario había dicho que Bronco no podía correr mucho porque tenía una mala condición en el corazón y sus patas traseras se estaban debilitando, pronto perderá flexibilidad. El doctor de animales no le da más de un año de vida. Mi madre quien es amante de los animales estaba pensando reemplazarlo por un labrador color caramelo. La perra de nuestra vecina estaba preñada y daría a luz en unas semanas, lo que sería ideal para traer al cachorro antes de la desaparición de Bronco. Así la pena sería menos áspera, Bronco tendría compañía y el cachorro aprendería las normas de la casa a través de su nuevo padre.
Encendí un cigarrillo y me eché en la perezosa de color blanco. Bronco no brinca, ni se echa conmigo porque le molesta el humo del cigarro, se queda sentado inmóvil a unos metros. Mientras exhalaba una bocanada de humo pensaba en lo viejo que estaba Bronco y que irremediablemente se iría pronto, había estado conmigo desde que tenía doce años. De cachorro dormía en mi cuarto sin que mis padres lo supieran, de cualquiera manera se terminaban enterando por el olor nauseabundo que expelían sus pequeños obsequios. No quería creer que no iba a estar más entre nosotros, me aterraba la idea de sentarme en la mesa de la cocina por las mañanas sin sus ladridos e invitaciones al juego. Lo miré como esperando que me dijera algo, pero fue en vano, Bronco seguía sentado inmóvil esperando que yo acabara de fumar, me acerqué y lo abracé.
—¡Piero! —gritó mi madre.
—Ya tienes todo listo.
—Sí, no te preocupes, todo está bien —dije.
—Lleva bloqueador, toallas y ropa interior, y no dudes en llamarme apenas llegas para saber que estás bien, si necesitas plata avísame.
—Quieres desayunar —dice Rosita.
—Voy a desayunar ligero hoy, un par de tostadas con mantequilla y mermelada y un vaso con leche y chóclate.
—Siéntate que yo te sirvo.
—No Rosita, no te preocupes, tú sabes que no me gusta que me sirvas más que el almuerzo y la cena, lo demás lo puedo hacer yo, para eso tengo pies y manos.
—Eres el único en esta casa que no quiere que le sirva, pero no te opones a que lave los platos, y tu ropa también.
—Ya te he explicado que eso es distinto, no me gusta que me sirvas, nadie va a estar obligado a ningún tipo de servilismo conmigo.
—Como quieras Piero el antiservilista.
—¡Rosa! Por favor no empieces.
Rosita continuaba desplazándose de un lado a otro, esta vez ordenando las carnes mientras yo me preparaba el desayuno. Tiene el cabello lacio, y corto con raya en el medio que descubre unas raíces grises, no ha tenido tiempo de teñírselas, es de estatura mediana y regordeta, no siendo esto un impedimento para su agilidad, por el contrario, su rapidez y energía contagian a todos en casa. Le gusta darme la contra, y goza cuando me enojo.
—Ya no he vuelto a ver a tu chica por la casa —dijo Rosita como intentando desquitársela por no complacerla.
—Y no la volverás a ver, ya terminamos —dije.
—Siempre dices lo mismo —trató de no reírse, pero le fue imposible, percibí su sarcasmo.
Luego de desayunar fui a mi cuarto a darme una ducha y cambiarme. La rutina era sentarme al borde de la cama y mirar el parque. Nada había cambiado: niñeras paseando a los niños, carros dirigiéndose a sus destinos, iban y venían, el jardinero del parque caminaba con una manguera larguísima hacia el centro donde se encontraba un rosedal bastante denso, parecido al de Silvio en el Rosedal, pequeños brotes verdes nacían de las ramas de los eucaliptos y la sombra de los árboles se dibujaba hacia el oeste como si los espíritus de aquellos quisieran huir despavoridos. Antes de ordenar la cama recogí la ropa regada por el piso, y prendí la radio. Presuntos Implicados estaba sonando por los parlantes.

e Cómo hemos cambiadox
e Que lejos ha quedado x
e Aquella amistad x
e Así como el viento lo abandona todo al paso, x
e Así, con el tiempo todo es abandonado, x
e Cada beso que se da, alguien lo abandonará...  x

      Era nuestra canción preferida, un poco trágica ya que hablaba de un distanciamiento con la esperanza de que algún día la amistad se vuelva a reencontrar. Suspiré con nostalgia, y me detuve frente a la ventana con la ropa recogida entre los brazos, me quedé mirando hasta que la canción terminó. Ordené la ropa y dejé la sucia en la canasta junta al baño. Proseguí a ordenar la cama, acción que me acaloró un poco y prendí la opción tres del ventilador. Me desvestí, tiré el calzoncillo usado en la canasta, y dejé el pijama colgando en el gancho de la puerta de la habitación. Me dirigí al baño, abrí la puerta de vidrio y le di la vuelta a la manivela del agua caliente. Una vez que el agua estaba caliente la mezclé con agua fría. Luego encontré la combinación perfecta y entré en la ducha. La puerta de vidrio y el espejo estaban empañadas. Siguiendo la rutina exacta de toda la vida y sin ninguna variación comencé primero por lavarme la cara, segundo el pelo, tercero las orejas y cuarto el cuerpo comenzando por el cuello y terminando con los pies. Acabada la operación ducha abrí la manivela del agua caliente al máximo y dejé que chorreara por la espalda sin importar el tiempo hasta que el agua se tornó fría. Era imposible alargar más el placer, la terma ya estaba completamente vacía y el agua que chorreaba estaba a temperatura ambiente. No pensé en afeitarme porque no tenía ninguna obligación, estaba de vacaciones y que más daba, además sólo estaba crecida por unos días. Me sentí revitalizado cuando ya seco salí del baño y una ráfaga de aire fresco colisionó conmigo. Me eché en la cama y me relajé durante varios minutos. Al frente y arriba del estante del escritorio había un reloj, eran las diez de la mañana. Tenía que apurarme si quería llegar puntual a la estación.

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