Vacaciones en Mancora cap III

Vacaciones en Mancora 
Capitulo III
Antifaz

    


María Isabel Mendizábar tenía clases en la misma facultad que yo y también se preguntaba si alguna vez había conocido al Mudo, tal vez de lejos en alguna reunión, su cara le parecía familiar. Era bastante simpática pero más que eso era su rostro hermoso lo que llamaba la atención. Hay chicas “buenas” (despampanantes) y chicas “bonitas”. Ella era una chica “bonita”, no era que no tuviera un cuerpo esbelto, sí lo tenía, sin embargo, lo primero que resaltaba en ella eran su cara y ojos, por eso la consideraba bonita, era de una belleza fina, poco escandalosa, para nada escandalosa. Reflejaba clase y refinamiento sin ser pedante, siempre sacaba las mejores calificaciones de la clase, y era admirada por la mayoría de los profesores no por ser mujer y tener una cara bonita sino por ser emprendedora y responsable. Ser mujer en la universidad era una ventaja a la hora de las calificaciones, pero en su caso no influía ya que ella realmente se había ganado con su esfuerzo cada punto en los exámenes.
 El machismo está en todos lados, y la Facultad de Administración de la Universidad de Lima no se escapaba de ello. Los profesores en su mayoría hombres ejercían un machismo sin precedentes. A los alumnos hombres se les trataba diferente, los profesores eran más exigentes y perdonaban menos la entrega de trabajos a destiempo, puntaje cero en preguntas de examen que valían cinco o siete puntos y la calificación baja de los trabajos semestrales. Era muy difícil para un alumno como yo que había empezado la carrera con el pie izquierdo poder remontarse en los siguientes ciclos. No es que haya estudiado hasta morir en todos mis exámenes y que no haya sido retribuido con justicia, admito que no habré dado al cien por cien en mis aspiraciones académicas, pero sacar una buena nota le era más fácil a una alumna que a mí y mis compañeros. Si en un grupo de trabajo éramos tres hombres y una mujer, esta última tendría la más alta nota. Lo que yo entendí es que a los hombres había que joderlos, hacerles difícil la carrera, la estadía en la facultad, no darles las cosas fáciles, exigirles más y ser menos paciente. Por otro lado, el trato con las alumnas era mejor y más cálido, siempre más paciente, y dando mejores notas y explicaciones sobre los temas tratados durante y después de las horas de clase.  Era como si los profesores estuvieran diciendo: a ti por ser niña te voy a exigir menos, eres mantequilla, no vales, no te esfuerces porque eres mujer y tu lugar está en la casa con los niños, la comida y el quehacer, toma hijita tu buena nota porque eres mi engreída, mi hija menor, mi mascota.
Con María Isabel las cosas eran distintas, me gustaba el hecho que nunca sacó provecho de su condición de mujer, y siempre miraba a la cara a los profesores no dejándose dominar y dándoles el lugar que se merecían.
 Yo había salido con ella en grupo y una vez a solas, sí, cuando no estaba con Gracia, en una de nuestras interrupciones. A pesar del hecho que si uno invita a una chica a salir hasta de manera informal siempre existe la tensión de saber que ella está pensando hasta en los nombres de los futuros hijos que vamos a tener juntos, pero con María Isabel fue diferente, en ningún momento me sentí presionado y ella tampoco. Pareciera que estaba leyendo mis pensamientos porque me daba a entender con su lenguaje oral y corporal que éramos solo amigos, y aquella era una reunión de dos personas que quieren pasar un buen rato. Me agradaba su compañía y más sus ojos azules que contrastaban con su pelo oscuro y tez rosada.
Esa noche estaba ligeramente maquillada, nada espectacular, pero lo suficiente para tentar a cualquiera que se encontraba en ese momento en La Rosa Náutica. Llevaba el pelo suelto y limpio. Podía percibir ambos, el olor a cabello recién lavado y la fragancia de su perfume. Tenía puesta una camisa blanca con las solapas anchas, dos botones al aire, dejando ver el inicio del busto como para perturbar a cualquiera, un saco azul, jeans y botas marrones con tacos lo suficientemente altos como para llevarme un par de centímetros. Sus gestos y manierismos no eran exagerados, pero sí de una feminidad única. Su conversación muy actual, desprendía una gama de conocimientos sobre muchos temas que podían ser banales como serios, era casi imposible agarrarla sin respuesta ante cualquier tema que le propusiera.  Me atraía tanto física como intelectualmente, sin embargo, preferí mantener nuestra amistad como era ya que si se da un paso adelante las cosas siempre cambian y ya no son las mismas como lo había comprobado anteriormente. A veces los amores platónicos se disfrutan más que los de carne y hueso que cuentan en su contra realidades, contradicciones, hastío de pareja, hastió de verse todos los días, hastío de estar juntos.
La cena fue estupenda como siempre que iba a aquel restaurante que no cambiaba a pesar del tiempo, que no perdía el rechinar de la madera cuando las olas lo golpeaban y mecían sus cimientos. El olor a mar, el color a agua verde sucia, los arreglos florales, los mozos, las luces, la música de ambiente y un pisco sour era lo que siempre daba con mucho gusto La Rosa Náutica. Esto último fue lo que ordenamos después de la cena.
A medida que transcurría la velada fui descubriendo a la mujer detrás del antifaz. Para mi sorpresa su infancia no había sido nada fácil, en su memoria todavía estaba la imagen de su padre gritándole a su madre y dándole una bofetada en la cara. Podía imaginarme la escena en la que su madre recibía el golpe sin quererlo, luego el cuerpo de su madre tiembla, su pelo se agita, y el ruido de mano contra mejilla lo escuchaba como si hubiera sucedido en mi presencia. Sus padres se separaron cuando ella tenía sólo ocho años, y por ser la mayor de tres hermanas tuvo que encargarse de las menores porque su madre estaba ausente ganándose el sustento como secretaria bilingüe en un banco de la capital.
El divorcio fue tedioso y lento, aún hoy en día María Isabel tiene que intervenir entre las rencillas de sus padres por discusiones referentes a la pensión de alimentos y los estudios de ella y sus hermanas. Tuvo que soportar la intromisión por un año de una pareja de la madre que vivió con ellas en la misma casa. A sus catorce años vio como Raúl, pareja de su madre, rompía adornos y tiraba cuanta cosa se le acercaba a las manos en un arranque de locura. Como era costumbre Raúl tomaba con frecuencia en la casa después del trabajo y con exageración en reuniones sociales al punto que ella misma lo tuvo que cargar con su madre desde el carro, pasando por el umbral de la puerta de entrada de la casa hasta el dormitorio. En aquella ocasión Raúl tomó más de la cuenta, le entró un arranque de locura, perdió el control de su propio ser y puso en peligro no sólo la salud física de los que lo rodeaban sino también la salud mental de aquellos. Su madre lo dejó, y no volvió a llevar a nadie más a la casa, sólo a uno que otro amigo para celebrar su cumpleaños.
María Isabel tuvo un enamorado a los dieciocho años que le hizo la vida imposible y a decir de algunos la maltrató. Ella me contó que una vez terminada su relación él no paraba de acosarla, esperándola en la puerta de su casa y en los lugares que usualmente frecuentaba.
Fue en ese momento sentado en la mesa de La Rosa Náutica que me vi a una mujer distinta a la que yo me imaginaba. A pesar de su fortaleza y decisión era una mujer sola contra el mundo e insegura por la falta de afecto. Vi a una chica fuerte y desvalida a la vez. Desde allí nos hicimos buenos amigos y no perdimos contacto.


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