Vacaciones en Mancora cap II

Vacaciones en Mancora
Capitulo II

Máncora, playa de ensueños

En la estación del bus me encontré con los muchachos, había una cuarta persona que no conocía, y supuse debía ser el primo de Felipe ya que estaba a su lado. No se parecía a Felipe que tiene el pelo castaño, nariz pronunciada y es más alto. Sebastián por el contrario tenía el pelo oscuro y facciones más delicadas.
—Hola Piero, cómo estás, éste es mi primo Sebastián, aunque todo el mundo lo llama “Mudo” —dijo Felipe.
—Hola, que tal, soy Piero —dije.
—Hola, soy Sebastián —dijo Sebastián.
—No parecen primos —dije—. Nos espera un largo camino, deben ser más de quince horas de viaje y la carretera debe estar hecha un desastre como siempre.
—Olvídate Piero, todavía no partimos y ya te estás quejando —manifestó Felipe.
—No es una queja Felipe o me vas a negar que las pistas no están en perfecto estado —dije.
—Es el hecho Piero, no las pistas, las pistas me interesan un mojón, lo que quiero es llegar a Máncora, disfrutar del mar y de mis vacaciones.
—Todos queremos disfrutar del mar y las vacaciones Felipe, no eres el único, pero no me niegues que las pistas son una mierda —dije.
—Está bien Piero, las pistas son una mierda, ¡contento! —concluyó Felipe.

La travesía fue larga y aburrida, tan aburrida que no merece la pena recordarla. Llegamos a Máncora al día siguiente a las siete de la mañana después de un viaje de más de dieciséis horas por tierra. Habíamos escogido Oltursa, una línea nueva de viajes interprovinciales que no tenía nada que envidiar a las líneas aéreas lo que significó que el viaje fuera suave. Cansados por tantas horas sentados en el bus, pero con muchas ganas de divertirnos pisamos tierra en aquel paraíso de juergueros, fumones, buenas hembras y tierra de nadie para los cientos de universitarios que como nosotros buscaban pasar una increíble víspera. Una lluvia ligera caía, de muy corta duración y típica de la costa norte. Máncora nos recibía con los brazos abiertos y mojados.
Nos acongojamos al escuchar la noticia en la parada de Huacho sobre un bus de Ormeño que se había estrellado esa madrugada a la altura de Chiclayo. Un muerto y diez heridos, gente que probablemente también había escogido el mismo destino que el nuestro o algún otro similar como una playa o balneario. Nos alegramos de no haber tomado es bus.
Mojados y sin techo que nos cobije nos dirigimos a buscar hospedaje. Por ser temporada alta y no tener reservaciones de ningún tipo estábamos en peligro de dormir a la intemperie. Gracias a dios encontramos un hostal que estaba a medio construir donde nos pudieron alojar. Nos recibió la dueña, Cecilia, una señora de unos cincuenta y pico de años que denotaba los trotes de la vida, se le veía luchadora. Ella fue estupenda al tratarnos con mucho cariño durante toda la estadía y ofrecernos al final unas cervezas de despedida por lo bien que le habíamos caído.
Al no haber habitaciones disponibles nos ofreció arreglar unas camas en una habitación a medio construir que en el futuro sería la cocina del hostal “Cecilia”. Ninguno de nosotros se rehusó y lo agradecimos amablemente. Por ser una situación inusual nos rebajó el precio. El único inconveniente era que no había baño en la habitación-cocina, al fin y al cabo, no se puede tener todo en la vida.
Después de descansar y explorar los alrededores nos detuvimos frente a un local a comer. Tres de nosotros pidieron ceviche, yo escogí igual que el Mudo un seco de cordero, algo que me fascinaba tanto hasta llegar a chuparme los dedos. A los demás les parecía casi un suicidio comer aquello en un lugar donde no había las medidas sanitarias suficientes. El ceviche era más seguro, pero no podía dejar pasar la oportunidad de comer cordero en el norte.
Llegó la noche en Máncora. Era la primera que pasábamos y estábamos felices, Máncora era un pueblito hermoso y con vestigios de ser un lugar tranquilo, alejado de la ciudad caótica y estresante que es Lima.  Luego de bañarnos en el patio trasero del hostal y relajarnos en nuestra habitación por algunas horas, salimos a cenar. Nos asombramos al descubrir que la carretera estaba llena de gente, como cuatrocientas personas que parecían igual que nosotros gentes de paso, visitantes y turistas. Era algo insólito, parecía un fin de semana cualquiera en la costa verde, para ser más específicos en las chinganas de esteras de Agua Dulce donde se expende licor sin importar la edad de quien lo compra. El Mudo dijo:
—¡Carajo! Uno viaja con la esperanza de ver cosas distintas y mira lo que me encuentro.
Aunque no era muy tarde ya se podía presenciar un espectro de gente bebiendo, fumando y todo lo demás que se hacía y se debía hacer en una fecha como ésa. Parecía que el plan era chupar y estar parado allí, ése era el asunto, estar donde estaba la gente y nosotros queríamos estar con la gente, aquel era el punto de reunión.  Nos quedamos en la calle tomando cervezas, reconociendo y saludando amistades que no nos imaginábamos íbamos a ver.
Había pasado la medianoche y nuestros cansados cuerpos no daban para más, especialmente el mío, por lo que decidimos poner fin al festejo, regresamos al hostal a dormir. Para ser el primer día no estaba mal.
Dormíamos tranquilamente en la habitación a medio construir cuando un ruido nos despertó a eso de las cuatro de la mañana. Había llegado un grupo de fiesta, pensamos que se iban a dormir, pero nos equivocamos, comenzaron a beber instalándose en el pequeño lobby del hostal y siguiéndose de largo hasta las ocho de la mañana. Fue incómodo descansar con aquel bullicio. Estábamos molestos, pero más el Mudo, como era de sueño ligero ya no pudo dormir.
Al día siguiente nos despertamos tarde, desayunamos y nos fuimos a la playa a tomar sol, bañarnos y sobre todo ver mujeres que parecía haber a montones. Nos quedamos en la playa hasta el atardecer y regresamos al hostal a enjuagarnos en el patio trasero, a vista y paciencia de todos los que circulaban por ese lugar.
Luego del baño frío con manguera, salimos los cinco (Felipe, José, Mario, el Mudo y yo) a dar una vuelta por el malecón, el cual tenía un olor peculiar, como a hierba quemada, nos dimos cuenta que estábamos en el point. Era el nirvana para quienes no tenían la libertad de caminar con un pitillo en la ciudad, en el malecón no había restricciones. Al parecer Máncora sólo tenía dos policías salvavidas que durante el día solían ir de pesca, y en la noche se encerraban en la comisaría a con sus amigos, si es que a eso se le podía llamar comisaría, un local de tres ambientes con su interior pintado verde oliva y el techo verde pastel. Colgado en la entrada se hallaba el escudo nacional amarrado a una pita, sin bandera flameando. Como todo lugar que carece de control, el cannabis se fumaba religiosamente al amanecer, al mediodía, al atardecer, al anochecer o mejor aún cuando los apetitos lo requerían.
Me extrañó ver tanto chiquillo en el malecón, me preguntaba quién les habría dado permiso para estar allí. Algunos de ellos caminaban con su carterita cuzqueña de alpaca al cuello sin reparos en lo que a su contenido se podía esperar. Qué me importaba si era gente mayor, cada uno sabe lo que hace y es dueño de sus actos, es sólo que esos eran realmente chiquillos de no más de quince años.
Nos recostamos en una banca de cemento, conversando y viendo a la gente pasar. Mario se percató a corta distancia de una chiquilla muy simpática, se podía decir que tenía el cuerpo más espectacular de todo el lugar, caminando con un pareo amarrado a la cintura. Para su sorpresa ella se le acercó y le pidió un pito, Mario no tenía ninguno y tampoco sabía qué hacer para conseguir uno en este lugar desconocido, porque no dudo que sí sabía cómo conseguirlo en Lima. No necesitó decir más nada porque la conversación se acabó cuando el que parecía ser la pareja de la chica se acercó desconfiadamente y se interpuso entre ella y él, lo que no nos hizo gracia. Se      generó un malentendido con ese pequeño individuo que celoso repartió insultos a diestra y siniestra. Debió estar en estado exagerado de euforia para no darse cuenta que nosotros éramos más. Partieron y el asunto quedo ahí, después de todo no habíamos venido a buscar pelea con extraños a este hermoso lugar.
Frente al hostal se encontraba el pequeño malecón que más parecía un crucigrama de cemento que un parque, carecía de vegetación, y más adelante como a unos trescientos metros se hallaba la playa de arenas limpias y mar azul-verde. A la mano derecha del hostal y en la misma Panamericana que baja desde un cerro hacia la estrecha franja costera se encontraban una serie de casitas modestas, bodegas y restaurantes muy típicos. Allí se reunía la mayoría de la gente del pueblo y visitantes a degustar de lo mejor de la comida norteña. Para mí ésta era una corta estadía que no debía ser desaprovechada en ninguno de sus aspectos y uno de ellos era la comida.  Entramos a uno de esos restaurantes y ordenamos. Los muchachos me seguían mirando con extrañeza por atreverme a pedir pociones que ellos jamás ordenarían. No había llegado tan lejos para comer lomito con papas fritas o suprema de pollo. Qué me podía importar su opinión, además tenía a mi costado al Mudo que también compartía mi afición por la comida y la degustación de aquellos sabores que sólo existen en restaurantes y chinganas de pueblo.
 Comenzaba la segunda noche y el ambiente se volvía a llenar de gente, parecía que la movida sería igual que el día anterior, es decir agruparse entre los amigos y beber en una chingana por lo que pedí una ronda de chela para todos. Unas amigas nuestras que pasaban nos saludaron y las jalamos a nuestra mesa. Seguían pasando conocidos que saludábamos y a los que les ofrecíamos un brindis. Después de un par de horas el gentío a nuestro alrededor tenía apariencia ensombrecedora, ida, mareada, con la mirada excitada y los ojos brillosos que resaltaban como un foco de luz al contraste de las pieles quemadas, bronceadas y acariciadas por el fuerte sol del norte. Los huecos, chinganas y restaurantes estaban repletos, llenos de feligreses y visitantes que habían olvidado sus modales e inhibiciones, que gritaban, bailaban y se tambaleaban al son de la noche y de no sé si la última tonada de salsa o merengue. El ambiente, a medida que pasaban los segundos y minutos se asemejaba más a un antro que a aquel lugar paradisíaco, tranquilo, pueblerino y recóndito que pisamos la mañana de aquel primer día; como si el pueblo entero se transformara frenéticamente después de la caída del Sol. El Mudo un poco irritado y cansando del ambiente se fue a dormir, nosotros lo alcanzamos luego de un rato, al día siguiente sería víspera de Año Nuevo y había que guardarse.
Como haciéndose habitual el grupo de la noche anterior llegó al hostal nuevamente en horas de la madrugada. Entraron al lobby y siguieron festejando, esta vez no contaron con la presencia del Mudo que salía a confrontarlos, y de Rodrigo, un tipo de treinta y seis años que estaba de vacaciones disfrutando de su deporte favorito el surf, y visitando a una pareja de amigos, Lalo y Anita, que vivían en el pueblo desde hace unos años. Lalo manejaba su propio restaurante y corría tabla, Anita era maestra de primaria de un colegio en el pueblo adyacente, los Órganos. Rodrigo solía levantarse temprano para disfrutar todas las horas posibles de las olas de cuanta playa pudiera visitar a varios kilómetros a la redonda. Más grande y maceta que el Mudo calló a todos en el lobby, amenazó con darles un par de cachetadas si no guardaban silencio, esto sin importar si se era mujer u hombre. Los cuatro que estábamos en el cuarto salimos a ver qué pasaba, pero era tarde, la plaza se había despejado. Regresamos a dormir.
Minutos más tarde el Mudo quien aún no había concebido el sueño salió afuera a fumar un par de cigarros, y regocijarse viendo las estrellas del cielo precioso de Máncora. Sentado en la terraza del hostal escuchó unos gritos que venían de la calle, una pareja peleaba. El chico estaba borracho y ella no se sentía bien. Vio cómo aquel chico le daba bofetadas a su enamorada, y ella yacía en el suelo llorando, tapándose la cara. El enamorado le echaba tierra en la cara con sus propias manos mientras le gritaba que era una puta. La chica entre confundida y llorosa no atinaba a nada. El Mudo miraba perplejo lo que pasaba desde la entrada del hostal “Cecilia”. El enamorado percatándose de la presencia de un extraño agarró del brazo a su chica y la arrastró unos metros hasta que desistió, la dejó tirada sobre el terral y partió insultando y blasfemando al aire. El Mudo quien no podía creer lo que había visto siguió perplejo, hasta que luego de unos segundos se dirige a ella. Era María Isabel Mendizábar. Se acercó, la levantó y la llevó a un asiento en el malecón. Ella lo miró y echó a llorar, el Mudo la abrazó sin saber qué más hacer y se quedó con ella hasta el amanecer. Trató de consolarla y parece que funcionó. Se pasaron la madrugada conversando, o debería decir que al principio fue María Isabel quien hablaba sollozando de sus problemas y el Mudo escuchaba atentamente a aquella chica que juraba había visto en algún lugar de Lima, le parecía cara conocida. La madrugada de Máncora fue la única testigo de aquel romance que comenzó de una manera muy peculiar. Un romance de verdad, real y no de telenovelas que le gustaba ver a Rosita.

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